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Alcohol en adolescentes: luces y sombras

Uno de los problemas más graves que afecta a la sociedad desde hace algunos años es el consumo de alcohol entre los más jóvenes. Cada fin de semana son miles los chicos y chicas que concentran su diversión en ingerir litros y litros de alcohol. No se trata solo de un problema social sino que, a medida que la ciencia avanza, se van descubriendo las graves consecuencias que este nuevo patrón de consumo causa sobre el cerebro. La comunidad científica ha acuñado el término BD (Binge Drinking) para designar el consumo de cantidades importantes de alcohol en un corto espacio de tiempo, habitualmente el fin de semana, que suele llevar a la embriaguez.

Investigadores de Sicología y Medicina de la USC están llevando a cabo un seguimiento en adolescentes universitarios de 18 años que se ajustan a este patrón de consumo para observar los cambios que en su cerebro pueda producir el alcohol. Este estudio tiene sus precedentes en el elaborado por investigadoras como Susan Tapert y Sandra Brown, siempre sobre hipótesis, pues mayoritariamente los sujetos de experimentación hasta el momento han sido ratas de laboratorio.

Cuestión de edad Aun así se han encontrado diferencias en las repercusiones que el consumo intensivo de alcohol tiene sobre los cerebros adultos y sobre los adolescentes. En términos de maduración cerebral la adolescencia ocupa la segunda década de la vida del ser humano. Es en este espacio temporal cuando se producen cambios tanto regresivos (pérdida de sinapsis superfluas) como progresivos (consolidación de las conexiones neuronales). Pero donde se dan las transformaciones más importantes es en el córtex prefrontal y el hipocampo, áreas responsables de la memoria declarativa y el aprendizaje espacial, y en la zona de proyección dopaminérgica, que controla los efectos de las drogas, entre ellas el alcohol, en cada persona. También se conforman los sistemas de neurotrasmisión que manejan el establecimiento de conductas adictivas y el control del comportamiento. Los fenómenos observados en ratas adolescentes determinan una cierta insensibilidad a los efectos sedativos y de descoordinación locomotora, que sí afectan a un cerebro adulto. Sin embargo son más sensibles a los efectos neurotóxicos. De esta forma, los múltiples episodios de ingesta intensa y abstinencia etílica tienen un efecto inhibidor de la producción de neuronas y de células progenitoras neurales, que contribuyen a contrarrestar algunas de las alteraciones producidas por el alcohol en adultos. Además los adolescentes ven reducida su respuesta en tareas de memoria, visuales y espaciales, tales como son leer un mapa o montar una estantería. Todo ello ligado a un diez por ciento de reducción de volumen del hipocampo que se ha observado en los escasos estudios en humanos realizados. A pesar de esto, la ecuación no es “a más años de consumo, más consecuencias negativas en el cerebro”, sino “a más episodios de consumo intensivo, mayor daño cerebral”. De ahí que el principal problema sea ese nuevo patrón que los científicos llaman BD.

Hipótesis y variables

Por el momento todo son hipótesis y todavía quedan muchas variables dependientes por resolver. La vulnerabilidad genética es una de ellas. Los resultados obtenidos indican que aquellos adolescentes con antecedentes familiares de alcoholismo tienen entre tres y cinco veces más riesgo de desarrollar esta adicción. Sin embargo los factores genéticos se solapan fácilmente con los rasgos del patrón de consumo BD, con lo que no se ha logrado pasar de indicios. Donde sí se ha llegado a una conclusión en firme es la vulnerabilidad ligada al sexo, demostrándose que el daño cerebral es mayor y progresa más rápidamente en mujeres que en hombres.

Ahora bien, el criterio cualitativo a seguir por estas investigaciones, según indica el coordinador del proyecto de la USC, Fernando Cadaveira Mahía, debe ser el número de veces que se llega a la embriaguez. Se confirma así que lo importante no es el número de copas sino la resistencia de cada individuo frente al alcohol. Resistencia variable que conlleva diferentes comportamientos: desde la más inocente alegría hasta prácticas sexuales de riesgo, pérdida del sentido del peligro al volante…

 Pese a que un veinticinco por ciento de los adolescentes de entre 14 y 18 años se reconoce en estas conductas, el alcohol sigue siendo considerado una droga “blanda”, y no se percibe el riesgo que supone su consumo intensivo. De la misma forma, un padre jamás dará a su hijo una pastilla de éxtasis, aunque probablemente le ofrezca brindar con champán en las celebraciones familiares. Así las cosas, combatir el patrón de consumo BD, se convierte en un proceso de resocialización que nuestra época pide a gritos.

Artículos relacionados:

-La cara social de la moneda

Para más información:

- Opinión:  Alcohol, adolescentes y libertad de decidir, Andreu Segura.

-Reportaje: El alcohol daña el cerebro adolescente

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